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PERSONARE                                                                                           17.05.19 – 14.6.19
DAYRA MADRONA y MARÍNGUEVARA

“El hombre es menos sincero cuando habla en su nombre. Dadle una máscara y os dirá la verdad”, Oscar Wilde.
Las sinergias creativas y simbólicas de Dayra Madrona y MarínGuevara no son la primera vez que salen a escena, en esta ocasión se podría decir que nos muestran sus roles más espirituales y vitales. El nexo de todas las obras pensadas para esta ocasión, subyace en la búsqueda de la identidad propia y colectiva, la cual se remonta a la Grecia antigua, al igual que el título de la misma, “Personare”, que significa resonar, del modo en el que hacía entonces la voz de los actores a través de la máscara.
Contemplar las obras presentes supone una reflexión sobre el ser humano y explorar los límites de la realidad y el deseo, donde nos sitúan a nosotros (espectadores) como actores protagonistas del gran teatro del mundo, a veces negando, otras afirmando detrás de las máscaras. En este sentido, como afirma Anatxu Zabalbeascoa: “la máscara tiene la extraña capacidad de hacer visible lo invisible (los deseos del ser), negando la evidencia existente”¹. Son actitudes que nos definen, con las que intentamos causar “buena impresión” para conseguir lo que se espera de nosotros en cada contexto o momento de nuestra vida.
A veces, las esculturas de MarínGuevara aparecen veladas en una búsqueda del interior, en consonancia a las de Giovanni Strazza, en otras ocasiones casi dormidas como las musas de Brancusi, quizá soñando con la esencia de las cosas, intrigadas por la fuerza de la belleza suprema de la resina de poliéster, el cemento, la silicona o el pan de oro y cobre, que casi nos
retrotrae a la imaginería barroca salzillesca de una forma muy sutil.
En la obra de Dayra Madrona, la expresividad de las manos aparece rodeada por la fuerza cromática floral, casi orientalista de Fortuny, que resulta a veces inquietante por las emociones inesperadas provocadas, resultando cercanas al existencialismo algo desfigurado surgidas de los dibujos de Giacometti o a la presencia mística de los rostros en la obra de Santiago Ydáñez, su obra afronta una belleza trágica que simboliza una nueva conciencia de la sociedad actual.
Ambos trabajos podrían ser retratos o autorretratos sociales que se retuercen bajo su envoltura, o bien que no se muestren por reservas personales y parten del origen de todo, que se buscan, se persiguen, vienen y huyen simultáneamente, pudiendo resultar lo que en realidad no somos.
Debemos servirnos de la autoconciencia si queremos optar por vivir a nuestro servicio, entendida de forma paralela a la que le interesa a Sartre: “lo importante es de lo que es capaz de llegar a ser la persona”.
Ángel Rodríguez
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– ¹ Joan Fontcuberta, Anatxu Zabalbeascoa (1997): Máscara y espejo. Barcelona.
Macba/Lunwerg Editores, p.75.

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